Reconocemos que Cristo, como Dios, ha participado en la creación de todas las cosas. También en la de su Iglesia, la cual es su cuerpo, y que todo es de Él, por Él, y para Él. En su condición de Hijo, que toma nuestra naturaleza humana, por su gracia y de su sola voluntad nos ha redimido y dado potestad de ser hechos hijos de Dios. Esta comunidad de redimidos se extiende por toda la Historia, y ahora la vivimos como iglesias o comunidades locales, que tienen su identidad sólo en la persona y obra del Cristo, Redentor y Juez de todos, en quien perseverará por siempre. En Él hemos sido creados de nuevo, en justicia, santidad y verdad.

La Iglesia, por lo tanto, no es un lugar de rituales mágicos sino donde se escucha la Palabra, al Cristo, por su Espíritu, cada instante. Esa Palabra da vida a cada uno de los redimidos. Es una vida comunitaria siempre, aunque se viva en un lugar separado y solitario.
Es deber de la Iglesia redimida buscar todo lo que corresponde a esa presencia de la Palabra en la comunidad, incluida una adecuada predicación de la misma, y rechazar todas las obras de tinieblas que la estorbe.
La comunidad cristiana tiene la obligación de obedecer toda la Palabra de Dios, su Ley. Pero rechazamos que ese deber se pueda legislar por medio de leyes religiosas humanas, siempre inventadas por la fantasía del desvarío y el narcisismo en sus creadores. Nuestra defensa de la Ley de Dios nos obliga a rechazar y aborrecer todas las leyes y normas religiosas humanas que se presentan como necesarias para poder cumplir correctamente la de Dios.
Al estar en la Historia, reconocemos la utilidad de las confesiones de fe clásicas de la Reforma, y al vivir en la localidad de Sevilla, nos sentimos en plena unidad con la iglesia redimida que aquí fue perseguida por el papado y la Inquisición en el siglo XVI.
Desde 1975, reunidos en algunas casas, y, tras varias circunstancias, constituidos como Iglesia Presbiteriana Reformada en 1989. Seguimos bajo el amparo de la mano de quien nos tuvo en ella al crear el mundo, al morir en la cruz, y resucitar glorioso, con la misma gloria que comparte con los suyos cuando manifiesta su presencia en el mundo.

Por eso anunciamos y proclamamos al Cristo y su reino, pero nunca lo ofrecemos como una mercancía. Por eso tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros. Nuestro llamado es anunciarlo fielmente. Nuestro reposo que Dios añadirá a Su iglesia los que han de ser salvos, a aquellos que el Hijo, Creador de todo, llevó en la cruz.

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