Firmes en la libertad
¿Y si son precisamente ellos, los que nos acusan de ser antinomistas?

El antinomianismo es una falsa enseñanza, pretendidamente bíblica, derivada del mal uso de la ley. Esta postura teológica sostiene que los creyentes en Cristo no están obligados a obedecer la ley moral de Dios al estar bajo la gracia. Surge en la historia de la iglesia como una reacción extrema a la enseñanza de la justificación por la fe. Algunos, malinterpretando la gracia, afirmaban que como la salvación no depende de las obras, entonces la conducta moral ya no importa. En esa línea de pensamiento separan la gracia de la obediencia. Si se para uno a pensar, del mismo modo, aquellos que hacen un uso inadecuado de la ley también son antinomistas. No es por tanto la carencia de ley solamente sino también el uso indebido. Descartamos aquí el legalismo, esto es otro asunto, aunque tenga tintes. En el contexto actual he sido acusado de apoyar esta doctrina, pero jamás la he tenido como válida y nunca se ha planteado en nuestra pequeña congregación. De ninguna de las maneras. Al contrario, los que levantan el dedo acusador sin parase a escuchar ni querer entender siempre nos tendrán enfrente. Ya lo dice nuestro hermano Pablo escribiendo a Timoteo: “de las cuales cosas desviándose algunos, se apartaron a vana palabrería, queriendo ser doctores de la ley, sin entender ni lo que hablan ni lo que afirman” -1ª Timoteo 1: 6-7-.
Mateo 15:1-9 “Entonces se acercaron a Jesús ciertos escribas y fariseos de Jerusalén, diciendo: ¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de los ancianos? Porque no se lavan las manos cuando comen pan. Respondiendo él, les dijo: ¿Por qué también vosotros quebrantáis el mandamiento de Dios por vuestra tradición? Porque Dios mandó diciendo: Honra a tu padre y a tu madre; y: El que maldiga al padre o a la madre, muera irremisiblemente. Pero vosotros decís: Cualquiera que diga a su padre o a su madre: Es mi ofrenda a Dios todo aquello con que pudiera ayudarte, ya no ha de honrar a su padre o a su madre. Así habéis invalidado el mandamiento de Dios por vuestra tradición. Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, cuando dijo: Este pueblo de labios me honra; Mas su corazón está lejos de mí. Pues en vano me honran, Enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres.” Para nuestro consuelo y fortaleza, si a nuestro Señor le acusaron de serlo, ¿debe sorprendernos que lo hagan con nosotros? Se cumplen las palabras del Maestro, “el siervo no es mayor que su señor. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán” -Juan 15:20-. Cuídese cada uno, no obstante, de usar estas palabras con frivolidad y compruebe cual es la voluntad del Señor antes de apropiárselas.
Al Redentor le acusaron de no cumplir la ley en multitud de ocasiones, hoy sería un antinomista. Y esto justamente por los que la estaban invalidando al hacer un uso incorrecto e impropio de su naturaleza y finalidad. Si los judíos teniendo la ley, por medio de esa ley crucifican al Mesías, no nos debe extrañar que con demasiada frecuencia el mundo evangélico confunda el significado de la ley, y cuál es la voluntad del Señor al promulgarla. Ni siquiera se paran a pensar a lo que se refiere el apóstol al decir “el fin de aquello que había de ser abolido”- 2ª Corintios 3:12-. Como apuntaba el reformador ginebrino, si la ley no nos comunica con Cristo, es letra muerta que mata. ¡¡Cuánto amo yo tú ley!! dice el salmista. ¡Nos unimos a esa voz y glorificamos al único y sabio Dios! Sus estatutos son nuestra delicia, Su voluntad, agradable y perfecta. Ya no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia. Entonces, ¿para qué sirve la ley? – dirán algunos. No se vayan muy lejos, El que la inspiró responde la pregunta explícitamente por la mano del apóstol Pablo: “Fue añadida a causa de las transgresiones hasta que viniese la simiente a quien fuese hecha la promesa”. La ley nos muestra la imposibilidad de salvarnos al no poder cumplirla, nos apunta a la persona y obra que anunciaba, a Jesús el Cristo. La ley ha sido nuestro ayo para llevarnos a Cristo. Pero venida la promesa, ya no estamos bajo servidumbre. Aunque puede parecer chocante, se define a la ley como “débiles y pobres rudimentos” y se relaciona con “estar en esclavitud bajo los rudimentos del mundo”; asimismo, el apóstol Pedro también la menciona cuando les habla a los creyentes de la dispersión “sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación”.
¿Pecaremos, pues, porque hemos sido rescatados por gracia y ya lo que hagamos no importa? Pueden leer Romanos a ver que les dice al respecto. Otra respuesta se puede encontrar en la presentación de la web de nuestra iglesia: “La comunidad cristiana tiene la obligación de obedecer toda la Palabra de Dios, su Ley. Pero rechazamos que ese deber se pueda legislar por medio de leyes religiosas humanas, siempre inventadas por la fantasía del desvarío y el narcisismo en sus creadores. Nuestra defensa de la Ley de Dios nos obliga a rechazar y aborrecer todas las leyes y normas religiosas humanas que se presentan como necesarias para poder cumplir correctamente la de Dios”. Pero el código legal ha sido abolido. Cristo nos redimió de la maldición de la ley al morir en la cruz. El código de la ley se ha quitado de en medio, el acta de decretos que nos era contraria ha quedado anulada, ha sido clavada en el madero -Colosenses 2:14-. De la mente carnal de muchos saldrán acusaciones de todo tipo, pero la Palabra les tapa la boca a estos indoctos y charlatanes: “Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud”
Si la comprensión de esto hace tambalear nuestro entendimiento de la vida cristiana, si esto resulta chocante, espera, que hay más. A aquellos que quieren servir o estar bajo la ley, entiéndase eso como se quiera, ¿no han oído la ley? La ley sólo puede dar hijos para esclavitud y esos hijos son echados fuera, no heredará el hijo de la esclava con el hijo de la libre- otra vez digo, entiéndase eso como se quiera. Para poder obedecer, para poder servir como el Señor quiere ser servido, para tener los frutos propios de la fe, es imprescindible que la ley no esté relacionada con nosotros. Vuélvelo a leer. Tenemos que haber muerto a la ley, tan muerto como lo debe estar tu cónyuge para que no te unas a otro y sea adulterio. “para que seáis de otro, del que resucitó de los muertos, a fin de que llevemos fruto para Dios”- Romanos 7. Declara esto y serás un antinomista. Discutan con Pablo. Nosotros con él y con su Señor, que es el nuestro. Y enfrente, en oposición a aquellos que quieren quitarnos la libertad y legislarnos con mandamientos de hombres. Ahora, no servimos bajo el régimen viejo de la letra, sino bajo el régimen nuevo del Espíritu: “Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad”- 2ª de Corintios 3: 17-. Precisamente no puede haber libertad si hay un código que cumplir. Además, es imposible porque la vocación de cada uno tiene sus circunstancias. Los deberes de los mandamientos del creyente no pueden hacerse conforme a mandamientos de hombres, sino en el ámbito de la libertad para cumplirlos. Cada uno en su vocación, como libres, pero no con la libertad como pretexto para hacer lo malo, sino como siervos del Dios que nos hizo libres.
Por: Marcos Olmedo
Fuente: IPRSEVILLA
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